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Ni tus datos te pertenecen, ni valen lo que piensas

Se han sucedido en meses recientes numerosas iniciativas para la monetización de los propios datos, invariablemente erigidas sobre un nuevo concepto del derecho de propiedad individual sobre la información personal (“tus datos te pertenecen y otros están ganando dinerales a tu costa… ¡reclama tu parte!”).

Quiero dejar ahora de lado todo tipo de consideraciones éticas sobre la procedencia de facilitar un mercado que pudiera poner precio a la privacidad o, por extensión, la dignidad de las personas. Además de quedar poco margen para añadir a ese debate, coincido con muchos en que, tan reprobable como se antoja, nuestras comunicaciones digitales han desembocado en similar mercado de facto con el agravante de no dejar espacio a la voluntad real del individuo.

Me parece sin embargo que no se ha prestado suficiente atención a las consecuencias más básicas de propagar esta perspectiva del intercambio de valor facilitado por el nuevo paradigma digital. Creo que se podrían resumir alrededor de dos conceptos: propiedad sobre los datos y mecanismos de retribución.

Incluso en su asociación más plausible a la idea de propiedad intelectual, toda premisa de “titularidad” implica un cierto grado de transferibilidad: la libertad de venta o licenciamiento de sus copias (y las “obras derivadas” sobre ellas surgidas). Esto desemboca en una merma de control sobre el destino final de los propios datos. Todo ello sin duda felizmente cubierto por garantías contractuales, si bien únicamente destinadas a legitimar un supuesto escenario de consentimiento informado.

La atribución de un valor pecuniario a los datos personales implica compatibilidad con el escenario actual de intermediación y compraventa de datos, pues son los propios “data brokers” en el mercado publicitario digital quienes estipulan, a día de hoy, un precio objetivo. En otras palabras, la traducción a euros de un acto de cesión de datos nos devuelve a la casilla de salida: tráfico de datos, enriquecimiento de perfiles y medición subrepticia. En el intento de poner fin al evidente desequilibrio apuntalado por un tejido insalvable de contratos de adhesión habremos logrado perpetuar el efecto directo de su pasiva aceptación.

Resulta innegable que nuestros datos, propios y comunes, individuales y compartidos, pueden transformarse en un valor tangible. Pero este valor es subjetivo y variable: nace en la confluencia de las partes.

¿Cuál es entonces la solución al desequilibrio actual? Nada demasiado alejado de las propias bases del marco regulatorio en vigor: transparencia control. Empresas o “anunciantes” capaces de comprender por adelantado de qué manera pueden aprovechar ciertos datos (en términos de relevancia, eficiencia, ahorro de costes o anticipación de la demanda) y usuarios informados sobre dichos propósitos en posición de aprobar o no el flujo de datos que desembocará en ventajas de sencilla apreciación (personalización, trato diferencial, conveniencia, mejores precios o ahorro de tiempo).

En ello estamos.

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