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Novedades, ideas y reflexiones varias.

Fanáticos de la privacidad

Como pasa con todo, allí donde las cosas empiezan con cierta mesura, y en busca de corregir un evidente desajuste, termina la pasión haciendo del argumento de corrección un dogma absolutista.

Considero muy positivo el despertar reciente de gran parte de la población con respecto a la forma en que exponemos nuestros datos personales bajo términos y condiciones que con infantil negligencia desdeñamos. O la alineación de astros que ha supuesto el Reglamento General de Protección de Datos en la formulación de los derechos que garantizarán nuestra privacidad en el contexto digital.

También es bueno, creo, entender las consecuencias finales de un mercado publicitario que empieza buscando perfiles comportamentales y termina aspirando a gestionar identidades. E incluso disfrutar de un documental de gran carga dramática como The Great Hack.

Ahora bien, de ahí a la teoría de la conspiración (Facebook quiere nuestros datos para venderlos en el infierno, dirigir nuestras mentes, construir una nueva dictadura…), hay un salto notable, tal vez justificado por la distopía romántica o el derrotismo patológico. Cosa similar sucede con el alarmismo fácil de percibir aprovechamiento injusto en la meritoria explotación de grandes volúmenes de datos agregados: una cosa es exigir un intercambio de valor (o rédito compartido) en la exposición y otra edificar sueños de grandeza sobre la arena de una información de marginal valor monetario en el espacio acotado de un solo individuo.

Nos dirigimos a un mundo mucho más transparente, con las personas en control de su información personal y las empresas mostrando sus propuestas de explotación (de dichos datos) en favor de conexiones de confianza que nos ahorran tiempo y nos alegran la vida. Con o sin RGPD/GDPR, la digitalización juega en favor de la demanda y la ambición de acaparar repositorios infinitos de datos personales se dará de bruces con la dictadura del consumidor (esta sí, real).

Tenemos un problema de competencia en ciertos mercados, a todas luces en proceso de resolución. Y tenemos otro de absoluta negligencia en la definición de umbrales de intimidad, confidencialidad y seguridad por parte de los gigantes de Internet. Pero Google y Facebook no están en el negocio de la venta de datos (ojalá pudiéramos decir lo mismo de todas operadoras de telecomunicaciones), sino más bien al servicio de las eternas exigencias de una mutación androide del departamento de marketing que sigue buscando mayor perfilado de audiencias y mejor definidos retornos. En otras palabras, al servicio de la dinámica cortoplacista del mercado.

Con todo esto, creo que una cosa es ayudar a la gente a comprender lo que sucede con sus datos, rechazar cookies intrusivas, desenmascarar intercambios poco éticos, digerir políticas de privacidad infumables, exigir interoperabilidad a todos los sectores, saber quién les toma el pelo o ejercer sus derechos. Y otra sembrar el alarmismo, machacar a las autoridades supervisoras con denuncias frívolas, esperar de las empresas una dedicación irracional de tiempo o recursos, o exigir el nivel ético que no somos capaces de proyectar en nuestra esfera privada.

Como suele pasar además, los últimos conversos terminan abanderando el peor fundamentalismo, con argumentos de poca raigambre pero mucho impacto. Y en la hipérbole se diluye el valor de los principios de partida.

Escribo esto contemplando una cita que nos hace hoy El País, en su sección dominical de Negocios (versión impresa), contento por contribuir al debate pero ansioso por ampliar su contexto.

Podemos hacer muchas cosas buenas con los instrumentos que tenemos y el empuje social que nos acompaña. Alquitranar el sistema no es una de ellas.

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