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El listón ético de las operadoras

El defensor del lector del periódico El País salía ayer domingo al paso de una cierta alarma social provocada por la publicación de infografías relativas al origen geográfico de los turistas españoles en función de sus destinos de vacaciones.

A pesar de tratarse de datos agregados sirviendo un propósito inocente de “periodismo de datos”, los usuarios vinculados a ubicaciones poco concurridas resultaban fácilmente identificables.

En el origen de la información estaban datos que la operadora Orange recaba de sus propios clientes. Si bien se ha echado en falta un ejercicio de responsabilidad proactiva en la neutralización de valores susceptibles de individualización (técnica tratada aquí el otro día bajo el paraguas del Data Access Intelligence), creo que toca abordar un problema más grave de fondo.

Las operadoras de telecomunicaciones recaban una cantidad ingente de información personal, potencialmente superior a la que acusamos a Google o Facebook de amasar. A diferencia de estas últimas, y a pesar de lo mucho que criticamos y criticaremos sus prácticas, contratamos un servicio de acceso a internet para que se circunscriba a facilitar un mero conducto (con independencia de que pueda formar parte de un «bundle» con contenidos y otros servicios).

Estando suficientemente probado que se trata de datos de difícil anonimización, en ningún caso están éticamente justificadas su transferencia a terceros o monetización en ausencia de consentimiento válido, entendiéndose por éste algo muy distinto al contrato de adhesión y en línea con los requisitos del RGPD/GDPR.

Mucho menos justificado está aún el enriquecimiento de perfiles para la generación de audiencias de mayor valor, por las que obtener un mayor precio ahí fuera (en el mercado que entre otras cosas alimenta prácticas de onboarding y data stitching).

Pero todos ellos se han dado. Basta recordar las famosas “supercookies” de Verizon en EEUU (objeto de multa irrisoria a manos de la FTC) para retomar consciencia de lo importante que resulta mantener ese listón. En manos del cliente queda por ahora el poder coercitivo.

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